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Avistamiento ovni en Manzalvos,
España
Colaboración de Marcelino Requejo
Orense, 1974 Alrededor
de las once de la noche del día 15 de junio de 1974, Dolores, María e Isabel,
se encontraban paseando por una calle escasamente iluminada de la localidad
orensana de Manzalvos, a un kilómetro escaso de la
frontera portuguesa. La noche era oscura, sin luna, con cielo despejado y
agradable temperatura. De pronto, y a unos 300 metros de dónde ellas se
encontraban, vieron descender lentamente del cielo, en total silencio, dos
potentes luces rojas parpadeantes, hasta quedar suspendidas a pocos metros
del suelo, por debajo de un monte cercano. La falta de referencias a causa de
la oscuridad no les permitía determinar la distancia de separación entre
ambas luces. Instantes
después, las luces se desvanecen y en el espacio que las separaba comienza a
surgir una fina línea horizontal de color amarillo intenso que, poco a poco,
se va ensanchando hasta formar un perfecto rectángulo de enormes
proporciones. Acto seguido, dos negras figuras de aspecto humano aparecen en
cada extremo del brillante rectángulo y comienzan a caminar lentamente la una
hacia la otra para, tras cruzarse en el centro, proseguir su camino hacia el
extremo opuesto de aquella especie de pantalla; "como si se tratase de
soldados que montan guardia delante de un edificio", manifestaron los testigos. Estas
figuras realizaron varios "paseos" durante algunos minutos,
mientras ellas contemplaban atónitas aquel espectáculo, después, la pantalla
luminosa comienza a cerrarse por las partes superior e inferior, quedando
reducida de nuevo a una línea horizontal que pronto desaparece también,
quedando el conjunto completamente a oscuras y en absoluto silencio durante
unos segundos. Nuevamente, las dos potentes luces rojas parpadeantes
reaparecen donde habían estado situados los extremos del rectángulo y se
elevan a gran velocidad perdiéndose en la noche. Dolores,
María e Isabel regresaron asustadas a casa y comentaron a la familia el
extraño suceso de que habían sido testigos. Nada
de esto hubiera trascendido del propio entorno familiar de no haber sido
porque sólo dos días después, sobre las once de la mañana, una vecina del
lugar que se dirigía a una pradera apartada del pueblo, para recoger tres
sábanas que la tarde anterior había dejado extendidas sobre la hierba con el
fin de que se oreasen durante la noche, se encontró con la sorpresa de que
sus sábanas estaban manchadas con extraños dibujos y salpicaduras de color
amarillo, ocre, verde y negro. Y para colmo de males, había en ellas, en tres
puntos concretos, unas no menos extrañas marcas a modo de tridente, que
habían rasgado la tela aplastándola contra la hierba. Gran
disgusto el de esta mujer, que no llegaba a entender el porqué de semejante
destrozo en unas sábanas prácticamente nuevas. Trató, no obstante de remediar
en lo posible aquel desastre y, una vez en casa, las puso en remojo y añadió
lejía. Frotó y frotó pero fue inútil. Las marcas, salpicaduras y dibujos
quedaron intactos. Comentó lo sucedido a Dolores quien, a su vez, y a tenor
de lo que había visto tan sólo dos noches antes, decidió ponerse en contacto
conmigo rogándome discreción. Quedé
francamente impresionado cuando, tras la narración del avistamiento de
Dolores, María e Isabel, pude echar un vistazo a las sábanas en cuestión.
Siguiendo las indicaciones de la mujer, procedimos a extenderlas sobre el
suelo colocándolas en la misma posición que lo habían
estado sobre la hierba. Era asombroso. Los dibujos allí estampados parecían
haber sido efectuados con total intencionalidad. Podía
distinguirse perfectamente un esmerado y trabajado número "1", una letra
"E" al estilo gótico, la perfecta imitación de una mariposa, y un
extraño animal representando lo que podría ser una mezcla de bisonte y
elefante. Todo ello dando una auténtica sensación tridimensional. Además,
entre figura y figura, había multitud de pequeños orificios formando grupos
separados de diminutos círculos. Daba la sensación de que los dibujos habían
sido efectuados con una pistola de ácido que, al pasar de uno a otro,
hubieran salpicado y perforado la tela. Las marcas en forma de pequeño tridente
se encontraban distribuidas formando un perfecto triángulo equilátero de unos
2 metros de lado. Las
sábanas quedaron en mi poder durante unos meses, a
la espera de encontrar una vía segura para proceder al análisis de los
dibujos. Desgraciadamente no pudo ser. El destino dispuso su extravío - ¿ O tal vez no? - en el transcurso de una estúpida cadena
de malentendidos y buenas intenciones. No
obstante, siempre he estado convencido de que algo muy pesado y con tres
puntos de apoyo se posó aquella cálida noche de junio sobre las sábanas y que
alguien o algo plasmó sobre ellas los extraordinarios dibujos y salpicaduras.
SECUENCIA DE LOS HECHOS
Mi
agradecimiento al investigador español Marcelino Requejo
por esta interesante colaboración. Atte. Profra. Ana
Luisa Cid |
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