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Transcripción textual:
Relata un Mexicano Cómo vio y Fotografió un
Platillo Volador.
La existencia de platillos
voladores no parece ser ya una simple invención de personas demasiado
imaginativas o de mentes calenturientas.
Cuando los medios mecánicos
–como el de la fotografía- entran en juego para probar su realidad, ya no
queda sino una pregunta: ¿de dónde vienen?
Juan David Mateos Chanfreau,
sobrino del ex presidente ya fallecido, licenciado Adolfo López Mateos, se
ha interrogado en vano desde hace dos meses. Pero el hecho de su
procedencia ha pasado a segundo término porque para él hay algo más
contundente: sabe que existen, ha visto uno de ellos y lo ha fotografiado.
Su narración a NOVEDADES deja
sentir la emotividad que le produjo el hecho y su satisfacción por la
experiencia rebasa todos los límites.
Juan David viajaba hace poco más
de 60 días en un Volkswagen de
Ciudad Camargo a Chihuahua. El día era un tanto pálido pero precisamente
por la falta de reflejos solares, el paisaje se apreciaba, claro,
tranquilo.
Sobre la carretera el auto
llegaba a los 120 kilómetros por hora, cuando la radio dejaba oír algunas
piezas de música moderna.
Cuando llegaba a la zona
desértica situada entre Villanueva y la ciudad de Chihuahua, comenzó a oír
un ruido extraño en la estación sintonizada. Como movido por un resorte
elevó la vista hacia el cielo. Ahí, suspendido en el aire, un objeto
permanecía estático.
Verlo y frenar, todo fue una. El
estupor le invadió y hasta ahora no recuerda si apagó la radio. Pero lo que
sí le queda grabado fue la rigidez que acometió a sus miembros durante varios
segundos.
Sintió temor de que algo malo le
sucediera, sin embargo, la curiosidad pudo más que la prudencia, y como
guiado por una descarga eléctrica, su brazo se movió hacia la cajuelita del
auto en donde la cámara fotográfica reposaba, ajena a su asombro.
“Antes de tomarla tuve la
sensación de que alguien me lo impediría –dice-, y con sigilo me apoderé de
ella. De nuevo sentí miedo, pero
pudo más la ansiedad de tener conmigo una prueba de lo que veía, y salí del
carro”.
La nave, que producía una vibración
muy fina, giraba reflejando sus colores naranja, morado y rojo. Y él,
parapetado detrás del vehículo, se dispuso a disparar del obturador. El
artefacto, que se encontraba a la derecha de la carretera, como a 60 metros
de distancia y unos 20 de altura, no se movió… y la foto quedó plasmada.
Inmediatamente trató de huir.
Pero algo interno le aconsejaba no moverse. Pasaron tal vez minutos, que
para Juan David parecieron siglos, y de pronto la nave comenzó a moverse.
Ascendiendo, se inclinó hasta quedar de perfil, vertical, y desplazarse a
una velocidad fantástica.
No vio humo. Escuchó solamente
una intensa vibración que le hacía más daño a medida que subía la
intensidad. El metal se convertía en una multitud de dardos, que se
elevaban, deslumbrándole los inmóviles ojos. Y en cuestión de segundos el
platillo se perdió en la inmensidad del espacio.
La realidad volvió. Y miles de
preguntas le saltaron. ¿De dónde vendrá? ¿Será terrestre o no? Pero ante la
carencia de respuestas había solamente un hecho. Algo extraordinario había
sucedido y él, nada menos que él, lo había presenciado y fotografiado. ¡La
maravilla de tal suceso era suficiente! Lo demás ¡tal vez algún día lo
sabría!
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